VIDA RARA
La yesa, la arbitraria,
rompe las faldas, parte en dos
su carácter de ventisca;
lucha contra el armazón
que le adjudica el tiempo/
lavador de muertos.
Si oscurece:
¿seré yo el que arribe como un imberbe
a la casa de Ulises
y me distraiga, me quiebre, me replantee las preguntas,
apoyado con la frente en el libro del cielo,
sin mediar con gracia,
entre los
refugiados de una noche polaca
y las bombas que el señor nos dio?
¡Oh curvo señor!
“...guiaste regado en piedra
la diáspora sobre el camino de las
cicatrices...”
No cierran.
Sangran y no cierran.
Pulidos los
bordes con groseras estrellas,
que anudan el cabello de día a la
cruz de las manos:
mundo- orbita- espiral:
razonamiento de truhanes desafiando
el juego.
Nuestra misión es: la
conflagración.
La espina.
“...si con la piel del santo se puede
atrapar al viento en la ventana;
si con reír crece el laurel y da flores;
si con estos días se amanece sobre las noches
(que adoraban las cebras blancas)
entonces las lámparas se colmaran
de amor y de serpientes.
Y donde haya luz, se sentara el dolor;
y a mi casa vendré como un
sirviente: a robar de las bocas
del perro, los nombres que me ha dado
y que me dará;
y le quitare el hambre,
el hambre de sus pálidos labios,
con pedazos de mi,
cada día un bocado,
al descuido de las sombras...”
¡Basta!
Basta.
Tibio vestido de miserias.
Basta.
¿Acaso se bebe la palabra, se duerme tras
la lengua?
No quiero sofocar al hijo.
¿El hijo o el hermano?
El hijo, el partener,
un argonauta,
carne crecida del teatro donde soñamos
los nuestros.
Aquí y aunque el tiempo precipite
futuras venganzas,
arrancarse al hijo es tan duro
como esa batalla de perplejos
que duro mas de dos mil años.
Es fea.
La arena en la que adentramos
la carga:
¡buena y fiel versión de melodía tristes!
¿Soy estas dos personas que rara vez
coinciden en la misma cita?
¿No cederías tu delicada guillotina
para mis necesarias curaciones?
Creer en vos, eso es todo lo que
haremos para hundirte en remordimientos,
empujando las pestañas con hisopos
embebidos en mar.
¡Ah, serena confusión!
Bebida que masticare hasta hartarme;
sabor de arena y meteoritos;
línea que empalaga la sangre.
Mujeres fuertes, mujeres ciertas,
gráficos
donde el alma se publica
sobre delicadas hojas verdes.
Ciego:
se confino a apilar monedas de
espanto el vendedor de títulos:
cicatrices y abrazos,
urnas y abrazos,
vías-pliegues-tacto.
Ciego estrafalario con sus ojos sanos.
El culposos vendedor
de cosas en frascos muertas,
escribe y resucita, a una polilla
que se desvaneció desde el techo.
Gustavo Sassi
